Más de 3.000 personas están aplaudiendo con todas sus fuerzas en el Teatro Caupolicán. Se nota en el rostro de muchos que esa tremenda ovación es lo mínimo que merece uno de los integrantes de una de las agrupaciones más trascendentales no sólo en la historia del punk rock, sino que en la historia de la música contemporánea. Parado en el escenario del céntrico recinto capitalino se encuentra Marky Ramone, vestido con sus jeans apretados y su característica melena. Hace algunos segundos se acercó al micrófono para darle las gracias a una enfervorizada afición que no ha dejado de corear cada una de las canciones que ha tocado junto a la banda que lo acompaña.
El concierto todavía no terminaba, faltaba aún que entrara a su recta final, pero esa imagen refleja relatada a la perfección la conexión que se vivió el pasado sábado en el local ubicado en San Diego entre el veterano baterista y una fanaticada que quería reencontrarse una vez más con algo para recordar a los Ramones. El show, que en ese momento estaba muy cerca de llegar a su clímax, sin embargo, tuvo un desarrollo que comenzó mucho antes y que siempre se caracterizó por la emotividad y la pasión.
La jornada la abrió Machuca, pero lamentablemente no alcancé a verlos. Llegué cuando Lo Peores de Chile estaban terminando su presentación, por eso no puedo dar una opinión acabada sobre ellos, pero los pocos temas que alcancé a escuchar me causaron la misma impresión que me han dejado las veces que los he visto en vivo, que saben a la perfección como echarse al público a sus bolsillos, gracias a sus clásicos de siempre, donde destacan Chicholina, Síndrome Camboya y Hollywood Boulevard. Su regreso en 2009, tras doce años sin tocar, sin duda que ha sido muy positivo.
Después vino el turno de los Fiskales Ad Hok, quienes una vez más reafirmaron que son la banda más importante del punk rock local. Pese a que no sacan una nueva producción desde hace ya casi cinco años, exceptuando el disco de cover que lanzaron el 2009, y pese a que los he visto en numerosas ocasiones, no me voy a cansar nunca de escucharlos en vivo. Y probablemente eso mismo le sucedió al grueso de asistentes que se encontraban en el Caupolicán.
Con canciones clásicas como Campanitas, Eugenia, No Estar Aquí, Al Puerto, Circo, Cóndor, junto a temas de Lindo Momento Frente Al Caos y los cóvers Resistiré, La Cultura De La Basura y Ever Fallen In Love de los Buzzcocks, y con un Álvaro España que no se cansó de gritar incendiarias pero certeras palabras contra el gobierno de Sebastián Piñera, que según dijo, “nos pasa metiendo el pico en el ojo” ya que vela exclusivamente por los intereses empresariales, sin importarle para nada la opinión de la ciudadanía, los Fiskales se encargaron de enfervorizar aún más a la gente y prepararlas para el plato fuerte.
Tras una espera de casi 20 minutos, salió a escena Marc Steven Bell, conocido popularmente como Marky Ramone, quien ya nos había visitado en dos ocasiones junto a los Ramones y un par más junto a músicos invitados. Esta vez uno de los condimentos más importantes, y que fue un factor preponderante para atraer a una gran cantidad de gente, fue su compañía de lujo: Michael Graves El ex vocalista de Misfits simplemente se lució en la voz. Moviéndose de un lado a otro en el escenario, saltando de manera constante y con unas tremendas condiciones vocales jugó un rol protagónico en el show.
Desde el momento que sonó la primera canción, Rockaway Beach, los asistentes se entregaron por completo y cantaron a más no poder, dejando en claro que el espectáculo era una verdadera fiesta. Después prosiguieron otros himnos ramoneros como Teenage Lobotomy, Psychoterapy, Do You Remember Rock and Roll Radio y Sheena Is A Punk Rocker, que fueron coreadas a destajo por los asistentes.
Los clásicos seguían. Fue el turno de Now I Wanna Sniff Some Glue, Rock ’n’ Roll High School, Judy Is A Punk y The K.K.K. Take My Baby Away, entre otros, hasta que vino el primer corte del show. Tras unos cinco minutos, Marky y compañía volverían a salir a escena para mandarse una tríada intensa conformada por I Just Wanna Have Something To Do, Cretin Hop y R.A.M.O.N.E.S. Luego de eso la banda volvería a abandonar el escenario, a excepción de Graves que se quedó sólo en compañía de una guitarra acústica, protagonizando uno de los momentos más emotivos del show, al interpretar cuatro canciones de Mifits: Fiend Club, Descending Angel, Crying On Saturday Night y Scream.
Posteriormente el resto de la banda volvería a aparecer para cerrar el show con Dig Up Her Bones, de Mifsfits, When We Were Angels, un tema nuevo, Have You Ever Seen The Rain, más el cóver de Louis Armtrong What A Wonderful World. Y la noche se cerraría de manera brillante con probablemente el tema más emblemático de los Ramones, Blitzkrieg Bop, cuyo Hey Ho, Let’s Go del coro fue replicado de manera estruendosa por las 3.000 almas del Caupolicán.
De ese modo se cerró un show lleno de emotividad y nostalgia que permitió al grueso del público reencontrarse con esos temas que los acompañaron durante gran parte de sus vidas, y que también sirvió para reafirmar que esa agrupación que cambió para siempre la historia del rock, gracias a ese estilo músico alejado del convencionalismo imperante en aquel entonces y caracterizado por su sencillez tanto a nivel musical como en cuanto líricas, que relataban historias cotidianas en tan sólo cuatro estrofas, seguirá viva para siempre en el corazón de sus seguidores.

Más de 3.000 personas están aplaudiendo con todas sus fuerzas en el Teatro Caupolicán. Se nota en el rostro de muchos que esa tremenda ovación es lo mínimo que merece uno de los integrantes de una de las agrupaciones más trascendentales no sólo en la historia del punk rock, sino que en la historia de la música contemporánea. Parado en el escenario del céntrico recinto capitalino se encuentra Marky Ramone, vestido con sus jeans apretados y su característica melena. Hace algunos segundos se acercó al micrófono para darle las gracias a una enfervorizada afición que no ha dejado de corear cada una de las canciones que ha tocado junto a la banda que lo acompaña. Te falta leer lo mejor →