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Steven Wilson – Teatro Caupolicán (18.04.2012)

Por Jean (Perrojo) Parraguez | 19-04-12

Fotografía de Valeska Escanilla para Humo Negro.

Para los que asistieron al concierto de Steven Wilson anoche en el Caupolicán, convertido en un verdadero éxito, estarán de acuerdo cuando se menciona que los buenos augurios no aparecieron con la primera patita a tablero vuelto en el Teatro Oriente, el día anterior. Ni siquiera con el anuncio de su esperado arribo a estas tierras, ni tampoco con el consiguiente agotamiento de las entradas.

La verdad sea dicha, lo ocurrido en este último par de días es una consecuencia lógica de una carrera originada hace casi tres décadas por el artista británico, y que ha surcado las aguas de diversas bandas, cada cual erigida a una cúspide particular, prueba fehaciente de una calidad incuestionable, una inquietud adepta a todos los matices que le ofrezcan y una honestidad libre de cualquier dejo de vanidad. Porque desde el minuto uno, con ‘No Twilight Within the Courts of the Sun’, hasta el bis con dos joyas de Porcupine Tree, Steven Wilson fue un constante clímax visual y musical. Un reto a los sentidos que a nadie dejó indiferente.

Un Teatro Caupolicán con la mayoría de sus butacas ocupadas fue la primera instantánea de que la masividad no es un recurso necesario para trascender. La tela que envolvía el escenario y la lúgubre melodía que la acompañaba fueron los únicos testigos de una ansiedad que crecía por borbotones y que terminó con puntualidad a las 21 horas, cuando cada uno de los músicos que acompañan al inglés hizo arribo a la tarima y desencadenó más de dos horas donde el caos y el orden se enfrentaron una y otra vez, dirigidos por la majestuosa batuta de Wilson.

El músico llegó por primera vez a nuestro país promocionando “Grace for Drowning”, su segunda placa en solitario, editado el 2011, de la que más echó mano. Y las ramificaciones sonoras venían de todos los rincones del recinto –una treta del londinense que pilló desprevenido a buena parte del respetable-, y las atmósferas que eran producidas tanto de los teclados, sintetizadores y guitarras convergían en una concatenación de susurros, gritos, maldiciones y quietud, todo eso elaborado por sólo seis tipos.

Y todo ese torrente, la energía que emanaba devenida en música venía de una banda sin igual. Si bien el foco de toda la atención se lo llevó Wilson, su banda era simplemente deslumbrante e insuperable. Marco Minnemann en batería, el excelente Nick Beggs –de un prontuario impecable que incluye Kajagoogoo y Steve Hackett, entre un generoso etcétera- en bajo y chapman stick, el guitarrista Niko Tsonev, Theo Travis a cargo de los vientos y el tecladista Adam Holzman, fueron el soporte perfecto para un inquieto líder que iba y venía, descalzo, por todo el escenario, quizá pensando que las maravillosas notas no eran suficiente para dejar al público embelesado y rendido.

Con dos muestras acústicas remitentes a Porcupine Tree –las coreadas ‘Lazarus’ y ‘Trains’, finalizó uno de los conciertos más esperados –aunque de manera silenciosa- en nuestro país. Para los que estaban escépticos de la presentación de Steven Wilson en nuestro país sin estar bajo el alero de su proyecto más conocido, fue un tapabocas abrumador. Para los otros, la inmensa mayoría, fue una muestra formidable de arte. En todo el sentido de la palabra.

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