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Mark Lanegan – Centro Cultural Amanda (12.04.2012)

Por Jean (Perrojo) Parraguez | 13-04-12

Fotografía de Praxila Larenas para Humo Negro.

Para muchos, lo de ayer jueves podía ser abordado como un viaje hacia los años ’90, cuando el grunge deslumbraba en buena parte del mundo. Es que Mark Lanegan, al mando de Screaming Trees, marcó pauta con una tanda de excelentes discos, y su presencia en nuestro país serviría para saciar la sed de algunos que todavía ven esos años con un dejo de nostalgia.

Sin embargo, el músico estadounidense no es alguien seducido por los años, y constantemente ha sabido reinventarse. Ahí tienen de ejemplo sus obras con la cantante escocesa Isobel Campbell –“Ballad of the Broken Seas” (2006), “Sunday at Devil Dirt” (2008) y “Hawk” (2010)-, sus colaboraciones con Queens of the Stone Age, Soulsavers, Unkle o The Gutter Twins, que hablan de un tipo inquieto musicalmente hablando y cuya obra más conocida es simplemente un tópico más dentro de su prolífica carrera.

De visita por tercera vez en nuestro país, era la primera en que Lanegan aterrizaba con una banda completa a su disposición. En un abarrotado Centro Cultural Amanda fue la presentación de “Blues Funeral”, disco lanzado en febrero recién pasado. Y la confianza del cantante por su última obra es bastante grande, pues el set de 19 canciones se concentró en su mayoría en ella, con ocho intervenciones, entre las que destacaron el single ‘The Gravedigger’s Song’, ‘Riot In My House’, ‘Quiver Syndrome’ y ‘Tiny Grain of Truth’, con la que se fueron al encore.

Su anterior obra de estudio, “Bubblegum” (2004) dijo presente con ‘Hit the City, ‘Wedding Dress’, ‘One Hundred Days’ y ‘When Your Number Isn’t Up’, que inauguró al concierto. De los entrañables Screaming Trees apareció ‘Crawlspace’, track escindido de “Last Words: The Final Recordings”, largaduración editado este año. De sus primeros pasos como solista estuvo ‘Pendulum’, de “Whiskey for the Holy Ghost” (1994), que arrancó el bis, lo que demuestra los amplios y multifacéticos recursos con lo que Lanegan cuenta para armar su directo.

El lúgubre atuendo de luces que cubrió el escenario durante todo el concierto era un ingrediente más para un ambiente que se vió más contempaltivo que extasiado. Lo que primó fue un público respetuoso, que escuchaba cada nota y cada sílaba de Lanegan que, como es sabido, más allá de un par de agradecimientos y de presentar a su banda, sólo se concentró en cantar. Empero, más allá de su mutismo, el vocalista irradia un potente magnetismo, cimentado en su oscura y misteriosa voz, que mantiene la atención casi hipnótica del público.

Una banda sólida que se acopla perfectamente a los requerimientos del artista en guitarra, bajo, batería y teclados, fue el acompañante perfecto para un concierto que derrochó sobriedad. Mark Lanegan sacó adelante su tarea con lo suyo, sin aspavientos, miradas excesivas al pasado ni excentricidades. Él entiende como pocos que la música es la verdadera protagonista. Y con dicha premisa no eran necesarias otras cosas.

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