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Echo & the Bunnymen @ Teatro Cariola (12.11.2014)

Por Jean (Perrojo) Parraguez | 17-11-14

“U2 hace música para fontaneros y albañiles; nosotros somos una banda de océanos y montañas”, dijo Ian McCulloch una vez, para describir la música que entrega Echo & the Bunnymen. También ser acertado agregar que la banda, desde sus inicios practicó una serie de actividades que para muchos fue visto como un sabotaje: desecharon el éxito planetario cuando la conquista de Estados Unidos estaba a la vuelta de la esquina y la presión comercial finalizó su primera época, a finales de los ‘80.

Quizás todo lo anterior sirva de justificación para la tardanza de los ingleses en venir a Chile. No matan comercialmente, pero sin duda alguna los de Liverpool son una mejor banda. Con ese mismo desdén por las normas que les imponía la industria, el conjunto se hizo esperar: 50 minutos después de la hora oficial, toman los instrumentos y entregan una masa musical que despertó devoción entre los asistentes.

Ian McCulloch y Will Sergeant, líderes del grupo, vienen con “Meteorites”, su más que correcto nuevo álbum, que presentaron en pequeñas dosis, como ‘Holy Moses’, ‘Constantinople’ y la que titula la obra. Pero todos sabían que los grandes vítores se los llevarían los momentos en que salieran a la palestra los cortes que otorgaron un lugar a los ingleses en el panteón: ‘Seven Seas’, ‘Bedbugs and Ballyhoo’, la coreadísima ‘The Killing Moon’ y ‘Nothing Lasts Forever’ asomaron entre las favoritas de la gente. La guitarra de Will Sergeant construyó catedrales enormes con su guitarra, envolviendo todo el recinto, alimentando la penumbra de las luces, siendo el sostén para la voz de McCulloch, en constante resaca, misteriosa y lejana, pero que igual se las arreglaba para llegar al público con escuetos agradecimientos.

Quizás no sea notorio, pero la estela de Echo & the Bunnymen se puede rastrear hasta nuestro días. Desde Interpol hasta Primal Scream, hasta Coldplay y Radiohead, todos ellos tienen algo de los británicos, por lo que su importancia es innegable. La banda nos entregó un concierto donde la delicadeza se disfrazó de acorazado, castigó corazones y oídos, además de recordarnos una época en que el romanticismo se teñía de melancolía y que la épica no se trataba de llenar estadios ni reventar ránkings, sino que tratar de hacer la música más honesta posible, un verdadero viaje por océanos y montañas, como dijo su vocalista. Felizmente tuvimos algo de eso en el Teatro Cariola.

Fotos: Hernán Briones

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