Chinoy en el Normandie: el trovador de puertos que conquista la capital (08.05.2009)

Desde hace un tiempo no muy lejano se ha oído hablar de este joven de 25 años que se hace llamar “Chinoy”. Sus cientos (sí, “cientos”) de canciones rondan la web y son traspasadas entre quienes lo han descubierto, sorprendiéndose de la extrañeza de su voz y sus desgarradoras letras. El pasado viernes 8 de mayo, puede decirse que fue la primera vez que se vivió el fenómeno Chinoy en efervescencia pura, con una sala del Cine Arte Normandie repleta, gritos, llantos, escalofríos y un sinfín de sensaciones que sólo pueden describir quienes presenciaron a Mauricio Castillo en su máximo esplendor.

Son las 21.29 de la noche en la sala de Tarapacá 1181 y desde hace un rato se escucha uno que otro grito desesperado. ¡¡Ya po, Chinoy!! Tras media hora de retraso la ansiedad simplemente no da para más. Pasaditas las 21.30 aparece, con una polera rayada, un pañuelo, un sombrero y un visible nerviosismo, el hombre a quien todos esperaban. Y queda la cagá. La multitud llena todos los espacios con los alaridos más estruendosos que he oído en mucho mucho tiempo.
“Parece que no se escucha”, son las primeras tímidas palabras que se le oyen decir al entrar en escena. Un problema de sonido hizo que su primera canción se tardará unos segundos más, lo que al parecer a nadie le importó, ya que todos seguían gritando eufóricos, mientras él, solitario y únicamente con su guitarra en mano ante un público impaciente, toca algunos acordes hasta que el problema se logra arreglar. Y así comienza con “Que salgan los dragones”, para luego seguir con “Cantar” y su “sólo sé que nada sé”. En ese momento, doy por seguro que este cabro no tenía ni la menor idea de lo que serían sus próximas 2 horas sobre ese escenario.


Fueron más de 2 horas, en realidad. Más de 2 horas en las que hizo un recorrido intensivo por su enorme repertorio, y en las que no paró de sorprender con un invitado tras otro. El primero fue el mismísimo Nano Stern, quien subió junto a su inseparable chasca larga y su violín. “Para la pena no” fue la canción que tocaron juntos, que al final comenzó a entrelazarse con las notas de “Klara”, invadiendo hasta el más minúsculo rincón de la sala. La perfecta armonía que lograron sus contrapuestas voces, hizo posible uno de los momentos más emotivos del concierto, dejando a todos estupefactos ante la notable escena.
Luego vino una seguidilla de canciones conocidas para muchos: “Valpolohizo”, “De Barro”, “La 30 York” son algunas de ellas. Todas tarareadas de manera efusiva por su fiel público, que a ratos chillaba descontrolados gritos. Y es que Chinoy, pese a su notoria timidez, tiene un arrastre increíble, y su técnica, además de su voz y su guitarra, reside en sus letras, que son una verdadera poesía rabiosa y poseída.
Entre los invitados que siguieron hay dos a los que Chinoy les dio la confianza de cederles el escenario completo para que interpretaran sus temas. Estos fueron, en primera instancia, su hermano menor, Marcelo Castillo (Kaskivano), y más adelante Ángelo Escobar. Ambos fueron escuchados atentamente por el público, que en ningún momento lanzó algún tipo de pifia o grito en llamada a Chinoy.
El invitado de honor de la noche, sin duda alguna fue Manuel García, a quien Chinoy hizo pasar diciendo “Quiero invitar a un amigo. Él es quien me trajo acá”. Acto seguido: más gritos, y un Manuel García emocionado entrando al escenario y comenzando a cantar “Carne de Gallina”. Éste fue otro de los momentos “joyita” de la velada. Lástima que duró sólo una canción.



Poco a poco se fueron sucediendo las canciones, muy parecidas entre sí en cuanto al furioso rasgueo constante y la incansable y exagerada nasalidad de su voz. Pero como decía antes, lo que en Chinoy también destacan (y mucho) son sus letras. Este trovador de los puertos le canta al cantar, al viento y al suspiro de todos. Le canta a lo efímero.
Está claro que a Chinoy se le ama o se le odia. Es así de simple. Su peculiar voz andrógena puede ser muy desagradable para muchos, ya que no es algo común y sale de todas las casillas de lo que conocemos, al menos en Chile. Es por eso que quienes asistieron a verlo aquella noche lo hicieron porque realmente estaban dispuestos a escuchar algo de origen extraterrestre.
Finalizando el concierto, comienza a sonar “Para el final”, canción de la banda sonora de la película “La buena vida”. Con ésta cierra un ciclo que se cumplió en tan sólo una noche, en la que los sentimientos quedaron a flor de piel, y las letras incrustadas en el ambiente. Todos ya saben que se está acercando a lo último que entregara por el momento, y existe una calma en el rostro de los presentes, la cual demuestra tranquilidad y satisfacción tras más de dos horas de tener el corazón hinchado. Es entonces cuando remata con “Corazón”, para así sellar el perfecto descenlace.
El efecto que produce Chinoy sobre el público es algo difícil de entender. Uno: porque no es mucho el tiempo que ha tenido para darse a conocer, y dos: porque al él tampoco le importa en demasía que todos lo amen. Chinoy no es un buscador incansable de fama, a él le llegó de una manera muy extraña, y le llegó con cuática, lo que queda 200% comprobado con lo del viernes en el Normandie, donde no sólo agotó entradas, sino también las cuerdas vocales de los asistentes que quedaron tiradas por ahí, junto con las de él y las de su guitarra gastada.


































creo que no lo volvería a escuchar… ni en cassette ni cd ni na xD