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Ídolo: Carlos Javier Soto

Por Andrés Peña | 01-12-15
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Cuna de personajes tan curiosos que escapan sin problema de la realidad más ordinaria, una que día a día parece agotarse y es transformada en un verdadero circo penca. Ese es el Chile que yo conozco.

Cuando hablo de Chile pienso en Luchito Jara, el economista Axel Kaiser, la familia Hasbún o el presidente de las juventudes UDI, Felipe Cuevas. Entre tanto paladín, es difícil decidirte por uno. Aunque en este momento, hay un personaje que me encanta y me ilumina. Su nombre: Carlos Javier Soto.

Pero Carlos Javier no existe en el imaginario colectivo. Recién ahora me vengo a enterar del nombre completo de este gurú. Más que eso, el mesías de nuestra era. Estoy hablando por supuesto, del Pastor Soto.

Pastor porque así lo quiso él. Pastor porque con su palabra nos inspira e ilustra sobre diversos tópicos. En la calle nos habla de la biblia, de la homosexualidad, del aborto. El Pastor la tiene clara, su voz es la voz del Señor.

A veces cuando me acuesto, y existe ese momento perfecto entre la lucidez y el sueño, me pregunto por qué hay tanta gente que se niega a entenderlo. Individuos que no son capaces de respetarlo.

Yo creo que muchos no entienden la labor de mi pastor.

Si desentrañamos la historia, nos daremos cuenta que no es el primero que sufre de incomprensión. Quizás su misión sea la más compleja de todas: abrirnos los ojos y aceptar la realidad. Esa que muchos reniegan.

Algunos dirán que estoy hablando puras idioteces. Que es imposible defender a un personaje tan nefasto. Pero si lo hago es porque tengo la convicción de que es un mal necesario, porque Carlos Javier Soto representa el cáncer de la sociedad chilena.

A mi pastor no le importa la amargura de su trabajo. Soto entiende que la sociedad está en decadencia, y decidió encarnar a la persona más decadente posible para salvarnos.

Dicho esto, juntemos las manos y pidamos perdón. Porque entre tanta basura en la que estamos obligados a vivir, a veces tan intangible, ser capaz de concentrarla toda en un personaje público es un don. Es un regalo. Discúlpanos, señor.

Muchas gracias, Pastor.

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