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Desde la Nueva Canción Chilena hasta Gepe: una reseña histórica

Por Juan José Vásquez | 25-07-16

En 1950, el país más alejado de América Latina vivía un resurgirmiento del folclor, una vuelta hacia las raíces musicales de todo un continente. Detrás de aquél movimiento, se encontraban los nombres de Margot Loyola, Gabriela Pizarro y Violeta Parra. En aquellos años, los diales estaban cargados de ritmos mexicanos; no faltaban los boleros ni los tangos, sin embargo en tan solo una década, se gestó La Nueva Canción Chilena.

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La música popular chilena se caracteriza principalmente por su capacidad de captar las herencias culturales y, transformar aquello en una expresión refrescante. Aunque, tuvo un antecedente dispar; mejor dicho, se trató de una relación en que la sociedad se iba adaptando al momento histórico que se vivía. La Nueva Ola fue la reacción de Camilo Fernández y Rubén Nuselis al efecto Beatles que atacaba las radios alrededor del mundo.

El primer experimento fue Peter Rock¸ como señala Patricio Cuevas ‘’Muy joven, muy buena pinta, rubio. Él fue una especie de clon de Elvis. Esa es la clave, ese es el comienzo, todos los demás fueron personajes que cumplieron esa misma misión’’. La misión se trataba de replicar el Mersey Beat, el primer Rock n Roll The Beatles, la balada de Gerry & The Pacemakers, el Twist norteamericano; crear la versión criolla del sonido que se había apropiado del mundo.

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Mientras que Buddy Richards, Peter Rock y Luís Dimas ganaban espacio en los diales nacionales, Fernández creó el sello discográfico, Arena. Ahí fue donde surgió como tal La Nueva Canción Chilena, según Cuevas se trató de uno de los primeros ejercicios de segmentar audiencias, gestar etiquetas para cierto tipo de público; enfocar la música a un nicho en particular. El primer disco publicado por Arena, fue el homónimo de Los Ramblers, en 1962 mostrando inmediatamente el problema en que estaba incurriendo Fernández al hacer el tránsito entre el género que creó y el movimiento que se estaba gestando diez años antes de su intervención en la industria nacional.

Surgió Congreso, Quilapayún, Inti-Illimani; tres de los nombres que más presencia tuvieron durante aquellos años y en la actualidad. Son hijos de Violeta Parra y Víctor Jara, tanto así como lo es Ángel Parra. Adoptaron los sonidos latinoamericanos folclóricos, realizando una idea bastante particular de Parra, el uso de métricas en las letras de las canciones. La música popular estaba tomando un camino de experimentación gigante, la introducción de sonidos nuevos, el uso de instrumentos folclóricos y el eventual triunfo del socialismo crearon el clima adecuado para dar paso a seis años en que prolíficos trabajos vieron la luz.

GI07. GIJÓN, 23/05/09.- El músico y compositor chileno Ángel Parra participa hoy en el XII Salón del Libro Iberoamericano en el Centro de Cultura Antiguo Instituto, en el que se presentan las novelas "El complot de los románticos", de Carmen Boullosa, y "Niños rociando gato con gasolina" de Alberto Torres Blandina, ganadora y finalista respectivamente del Premio Novela Café Gijón 2009. EFE/Alberto Morante

La DICAP (Discoteca del Cantar Popular) fue un sello musical creado por las Juventudes Comunistas en el país, el semillero de discos contiene en su catálogo a Víctor Jara, Patricio Manns, Rolando Alarcón y más. Fue un movimiento político que se encargó del contenido político, tratar problemáticas sociales y de revivir las herencias folclóricas de un país que estuvo bombardeado de ritmos extranjeros. Curiosamente, los bombardeos terminarán con el sonido del gobierno del Presidente Salvador Allende.

Durante la dictadura militar, Quilapayún huyó hacia Francia. Congreso emigró a Italia, mientras Los Jaivas se asentaron en Argentina durante este periodo. La música fue silenciada, el arte fue tomado prisionero; y la primera víctima fue Víctor Jara. El estandarte de guerra de la Nueva Canción Chilena fue asesinado en el Estadio Nacional; la pesadumbre de su pérdida afecto a todas las agrupaciones que yacían componiendo nuevos sonidos desde el extranjero.

Sin embargo, la censura no pudo con todos. La adolescencia, el periodo de rebeldía en la juventud logró dar uno de los frutos más importantes en la música popular luego de Violeta Parra. En San Miguel, durante el apogeo de la represión comenzó a sonar un rock de corte suramericano, un trío llamado Los Prisioneros. Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia con su primer disco titulado La Voz de los ’80 fueron la imagen de oposición. Si bien las letras de González no apelaban directamente hacia la política, el contenido social era un reflejo de su realidad, de la realidad vivida en Chile. Una sociedad con temor bailó y cantó con una banda influenciada por The Clash.

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Mientras que Los Prisioneros cultivaban adeptos, la música en las radios estaba cargando de los experimentos realizados por programas como Sábado Gigante. Desde los espacios creados por los programas de televisión, salieron una camada de artistas sin tendencia política; música pop comercializable por medio de la venta de discos y singles. Juan Antonio Labra, Myriam Hernández y Keko Yunge son algunos de los nombres que podían producir canciones sin temor a lo que les podía suceder; las letras de desamor eran el polo opuesto al trío de San Miguel.

Deja la inercia de los setentas
Abre los ojos, ponte de pie
Escucha el latido
Sintoniza el sonido
Agudiza tus sentidos
Date cuenta que estás vivo. La Voz de los ’80,
Los Prisioneros.

Entrando a los noventas, la vuelta a la democracia abrió el mercado musical en el país, tanto a los sellos como a las influencias externas. Los Tres en 1991 publican su primer disco homónimo; un golpe refrescante de influencias nacionales. Las baladas, la cueca, el folclor tomó un rol predominante en la banda liderada por Álvaro Henríquez; el sonido de Concepción como se conocería más adelante ya se estaba comenzando a forjar.

Tomó una década completa para que el legado de Los Tres fuera retomado por una banda que se convertiría en un icono de Concepción. Los Bunkers llegaron a las radios como la Rock & Pop rindiéndole tributo a la Trova, a la Nueva Canción Chilena; a la herencia de un país que se vio silenciado durante 17 años. Con un sonido particular del rock británico de 1970 y la sensibilidad nacional por el folclor de Violeta Parra, Los Bunkers lograron crear temas como Miño, El Detenido y Entre mis brazos que sonaron por los todos los diales del país.

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Pasaron cuatro años desde el debut de Los Bunkers para que un hijo de San Miguel volviera a dar de qué hablar. Daniel Riveros, más conocido como Gepe publicó en 2005 su primer disco, Gepinto. Con claras influencias de Violeta Parra y Víctor Jara, fue una revelación; el sonido de la Nueva Canción Chilena estaba vivo por medio de los xilófonos, las guitarras acústicas y una sensibilidad poética que no se había escuchado en décadas. Con el paso del tiempo, su capacidad como compositor se fue refinando, hasta llegar al 2010, año en que publica Audivisión. La canción titulada Alfabeto, no podría existir de no ser por La Viola; la capacidad de tomar ritmos andinos y unirlos a letras poéticas es un reflejo de cómo el legado musical sigue sobreviviendo.

En la actualidad, el panorama de la música chilena es extraño. Javiera Mena vende discos, Alex Anwandter se reinventa utilizando su fórmula pop con elementos políticos en sus letras; la generación de Gepe se está consolidando en la industria. Mientras que surge una nueva camada de bandas, entre los 18 y 23 años; Las Olas y Niños del Cerro son el futuro de la música nacional.

Para Niños del Cerro, no hay una influencia directa de la Nueva Canción Chile, al menos no en su sonido. Son hijos de My Bloody Valentine, The Smiths, esas bandas que comenzaron a sonar tarde por acá. Quizás con los años retoman la veta que muchos artistas chilenos han comenzado a adaptar en su sonido.

En cuanto al sonido nacional, el espectro varió desde el folclor hasta el pop más comercial, como lo es Francisca Valenzuela. No se trata de un cambio en el paradigma, es posible aventurarse a pensar que solamente se refiere a un crecimiento en las opciones que tienen los artistas en la actualidad. Tal sería el caso de Ismael Oddó Arrarás, más conocido como Oddó; trabajó como bajista de Valenzuela durante tres años, y ahora se encuentra produciendo canciones de reguetón; un género estigmatizado en Chile.

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Si bien con el paso del tiempo el legado musical de La Viola y Jara se ha ido difuminando en pequeñas influencias; la herencia artística permanecerá. Es una parte fundamental de la historia de Chile, la música se dio a través del tiempo como una expresión social de lucha, hasta llegar al punto de ser solamente una industria que busca generar beneficio económicos.

En 2015, Gepe hablaba sobre la presentación en el aniversario de Gepinto. Contaba cómo ya no se siente identificado por esos sonidos; lo suyo se convirtió en la música andina combinada con pop, hacer bailar a la audiencia y desligarse de sus raíces. Sin embargo, La enfermedad de los ojos, es el claro ejemplo de que, sin el pasado musical de este país; sin la Viola, sin Peter Rock, sin Los Prisioneros, la música en la actualidad tendría un panorama completamente distinto.

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